A los hermanos Guillén Vicente les gusta cambiarse el nombre. Seguramente lo hacían de niños en su natal Tamaulipas, aguijoneados por sus nombres compuestos.
Paloma ha sido desde entonces tres veces diputada y ha ocupado diversos cargos dentro del PRI, incluso un puesto burocrático en el Gobierno estatal de Tamaulipas en el que desató las amenazas de uno de los cárteles que se disputan a matanzas ese estado del Golfo de México. Su eficacia acabó por meterla en el círculo de nuevos valores priístas que, junto a los viejos, rodea al nuevo presidente mexicano.
Su mayor desafió será el de detener la sangría de emigrantes centro y suramericanos que tratan de cruzar México a lomos del tren conocido como la Bestia y caen en manos de funcionarios de Migración corruptos, bandas como las maras y mafias criminales como Los Zetas. Sobre todo en Tamaulipas y en Chiapas. Marcos sigue allí, en la selva Lacandona. Aparte escritos de solidaridad con otras causas, no ha aparecido desde hace años, cuando la fotógrafa Rebeca Salomón lo tomó rumiendo el país descompuesto que encontraba en su gira. Una premonición del regreso del PRI que él contribuyó a apartar del poder.



