Un político de EU que había ganado todo también resbaló tres veces y hoy se duda de su capacidad
Parecía el candidato ideal. De hecho, era, por mucho, el puntero y favorito en las encuestas.
De cabello impecable, copete envidiable y vestir de caballero. Admirado por los hombres, deseado por las mujeres.
Nunca ha perdido una elección y parecía imparable desde su posición como gobernador de uno de los estados más poderosos e influyentes de la nación. Su libro de cabecera, confesado, es la Biblia.
Todo lo que tenía que hacer para conquistar las simpatías era estar presente, caminar y conversar. Con eso habría ganado.
Hasta que comenzaron las apariciones públicas, y una serie de resbalones lo hicieron ver como un tonto, como un político torpe y sin cultura.
Sus bonos cayeron por los suelos, y ya se cuestiona si es un candidato sostenible.
No, no estamos hablando del priísta Enrique Peña Nieto, ni de su desencuentro con los libros en Guadalajara, del retwitteo de su hija a “la prole” o de su atropellado discurso en inglés que hoy inunda la Red.
La historia, aunque usted no lo crea, es de un precandidato estadounidense, de un republicano, del gobernador texano Rick Perry.
Y está puntualmente contada en un amplio artículo de la revista Vanity Fair, fechado en enero de 2012, que en la portada se titula “Skeletons in Rick Perry’s Closet” (Esqueletos en el clóset de Rick Perry).
Firmado por el periodista texano Bryan Burrough, el artículo tiene otro titular interior: “Rick Perry has three strikes against him” (Rick Perry tiene tres strikes en contra).
Y es ilustrado con una caricatura del gobernador texano que destaca su gran copete. De hecho, el pie de foto dice: “Hair I am” (Cabello Soy).
El artículo resulta más que revelador, sintetiza lo que le sucede al gobernador que aspira a ser candidato a la Presidencia de Estados Unidos. “Rick no es tonto”, dice uno de sus compañeros de escuela. “Simplemente no está educado”.
Y conforme se avanza en la lectura, parece un recorrido por las mismas travesías que en días recientes lesionaron la imagen de Enrique Peña Nieto en México.
“Nunca le han gustado los debates que activamente trató de evitar durante su campaña en Texas. De hecho, se las ingenió para ganar su último periodo sin aceptar uno”, refiere el artículo.
El análisis es detallado al exhibir la gran pifia que le está costando la candidatura presidencial a Rick Perry. Su laguna durante el debate republicano, en el que se le borró de la mente el nombre de la tercera dependencia federal que prometía desaparecer de la burocracia si llegaba a la Casa Blanca. Hasta sus contrincantes hicieron mofa de su olvido. Fue la FIL para Rick Perry.
En The New York Times, el consultor Mark McKinnon lo calificó como el equivalente humano a la explosión del Challenger, dice Vanity Fair.
Cragg Hines, quien fuera el jefe de la oficina en Washington del Houston Chronicle, define el momento.
“Conozco a personas que simplemente no podían verlo (…) fue un momento humillante. Tu corazón decía, ahí va. Se acabó. Está muerto. Tiene aspecto de un auto chatarra”.
Vinieron también los enfrentamientos con el titular de la Reserva Federal, Ben Bernanke, a quien habría calificado de “traicionero”.
Y más tarde vino la revelación de The Washington Post, que señaló que el rancho al que Rick Perry iba a cazar hace 30 años junto con su papá y sus amigos llevaba un nombre racista: “Niggerhead” (Cabeza de negro). Algo así como el affaire de “la prole”.
La popularidad de Perry, que vivió su mejor momento cuando tuvo 38 por ciento de las preferencias electorales –muy por encima de sus rivales–, se desplomó. Y a mediados de octubre, apenas alcanzaba seis por ciento.
Bill Miller, un lobista de Austin, Texas, se pregunta: “¿Perry está muerto? Nunca digas nunca, pero tendría que ser una de las grandes reivindicaciones de la historia”.
Cualquier parecido con la realidad mexicana, sobre todo del Estado de México, es mera coincidencia. Los nombres no fueron cambiados, pues no hay inocentes qué proteger.